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Recuerdos en cajas

Inés Ruiz Artola

De puntitas delante del equipo.
Tratando de alcanzar la aguja en su borde exacto. Precisión de cirujano. La punta de la lengua rozando los labios, la respiración contenida. Hasta por fin dar con el milagro, cuando el vinilo comienza a girar sobre el plato.
Se acurrucaba junto al altavoz grande de la derecha. Un altavoz marrón claro en la tela de delante y de madera marrón oscuro por tres de sus costados. Uno de los tesoros familiares del salón.
Una caja en la que soñaba adentrarse con su imaginación mientras la música sonaba.
Lo demás desaparecía. Esa caja tenía músicos dentro, sonando solo para ella. Ella se entretenía distinguiéndolos por sus sonidos, diseccionando sus melodías,…como un ciego palpa una silueta, así ella creía adivinar los entresijos sonoros. Se entretenía sin saber que hacía sus primeros pinitos en armonía analítica.
A pesar de su obvia falta de habilidad manual, esas superficies negras y redondas, con incursiones tan únicas como huellas dactilares, eran mimadas, limpiadas, protegidas, con todo el esmero que se pueda pedir en un niño de tan corta edad.
¿Amor a la música o predisposición genética? Qué más da eso ahora…

 
La vecina tenía un pelo más abundante y hermoso que ella, una casa más grande, un piano sin quererlo y una falda larga blanca para disfrazarse.
¡Pero qué mal repartido está el mundo! – Reflexionaba por el ojo patio mientras calculaba la posibilidad de llegar al piso de enfrente por la cuerda de tender la ropa.
Su tutú azul claro, ése con el que una vez hizo que salía de una caja (no la de antes, una con papel de aluminio forrada para la función escolar de fin de curso) le servía las más de las veces de disfraz con el que prepararse para la gran función: espectáculo sin igual, irrepetible, solo para unos pocos elegidos.
Y entonces el disco cansado de Tchaikowski volvía a girar, sonando a través de las cajas (ahora sí, las primeras) y animando una coreografía improvisada ante la embelesada – y algo forzada- sonrisa de los abuelitos.
 
 
La ventana.
“No saques la mano, ¿y si te das con una farola o un poste?”.
Pero era tan hermoso sentir la velocidad del viento que se llevaba tu brazo, sin quererlo, con fuerza, y jugar con él, dejar que doblara los dedos, que danzara a su antojo, al son de lo que viniera.
Entonces papá sacaba su cinta de los Beatles. LA cinta. LOS Beatles.
Mamá se quejaba de cuando la tía Juli de Barcelona no la dejó ir al concierto cuando era casi una niña y tenía todos los discos y llevaba el pelo corto con flequillo en honor a los músicos británicos.
Y las niñas atrás miraban extrañadas una carátula de cinta grabada, con letras primorosamente escritas a pluma azul, con todos los temas…en español: “Todo lo que necesitas es amor”, etc., etc…
LA cinta, LOS Beatles, La ventana, la mano, las letras…
La tapicería granate y los viajes prolongados.
 
 
Como un hombre de negocios, entraba por el gran portón, altanera, orgullosa, ajustándose las gafas a una nariz que casi parecía de broma.
Subía las escaleras. Esos peldaños de mármol y madera en el filo que se holgaban juguetonamente haciendo aumentar la emoción a cada paso: “me caigo, no me caigo”… Una margarita deshojada en las alturas por donde pasar corriendo con la punta de los zapatos.
Al llegar a la sala sentarse valiente en primera fila. Colocar el maletín sobre la mesa. Accionar los botoncitos rojos.
Y sacar el “Ritmo y Lectura”… de la maleta de Mickey Mouse.
Esa maleta era una caja blanca de plástico que adoraba.
 
Don Aurelio siempre insistía en la dulzura de su mano en movimiento solfeando. Ella entonces sonreía orgullosa…de su extenso pasado como bailarina, saliendo de cajas de cartón,…soñando al son de las cajas marca SONY.
 
Al fondo de la sala siempre estaba la figura de aquel niño: delgado y pálido, con mirada triste de ojos azul grisáceo, con labios gruesos y rojos.
Casi no podía levantarse, el acordeón era tan grande…Él no quería eso, ella no lo entendía pero intentaba animarlo.
Cuando trataba de rozarlo con sus dedos y hablarle, se esfumaba.
La casa encantada. El fantasma del marqués rondando los viernes al anochecer. Gritos de niños corriendo por el jardín a la salida de clase.
Desde entonces le gustaban los viernes y decidió que sería su día favorito el resto de su vida.
 
 
Había otra caja, pequeñita. Un regalo de alguien que nunca recordaba quién era.
A veces se abruma a los niños con tanto regalo, como si fueran a ceder en su cariño. Los adultos son tan ingenuos a veces…
Esa cajita tenía terciopelo rojo en su interior. Un espejito. Algunos pendientes sin pareja de la niña más despistada del vecindario. Una muñequita que danzaba dando vueltas y una música que un día volvió a escuchar y que fue como volver a oler el suavizante de las sábanas que planchaba Maribel años atrás.
Esa caja también era un entretenimiento calmo, íntimo. Se asomaba a ella con curiosidad, tratando de adivinar el momento exacto en que la muñeca se alzaba y comenzaba su danza al son de la música.
Le daba vueltas a la cuerda cientos de veces. Cientos de veces la muñeca giraba. Música cientos y cientos de veces.
 
Triple mortal hacia atrás, caída en el eje cronológico de su vida años después.
Despertó del sueño.
El niño del acordeón por fin sonreía. Sus ojos estaban más azules y sus labios igual de rojos.
Y puso The Beatles… “When I´m sixty four”.
Bailaba con su pequeña princesa mientras ella los miraba a través de su cámara y se esfumaba.
miércoles, 01 de febrero de 2012
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