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Entonando un ruido (VII)

Lucía López

Reconozco que casi al principio, la primera vez que acudí a un concierto en el que una parte importante del público asistía atraído por un intérprete virtuoso y no por curiosidad hacia un compositor apenas difundido, no entendí nada, ahora sigo sin entenderlo. Pero poco después comencé a comprender la frágil por sutil relación y la impaciente necesidad entre compositor e intérprete, que se acentúa en la música contemporánea que exige de una sensibilidad ajustada que se entregue y a la vez devuelva la pieza al extremo de sus posibilidades sonoras. El Cuarteto de Tokio es uno de esos ejemplos, su concierto en el Auditorio Nacional el 25 de noviembre puso de manifiesto toda su disposición al repertorio contemporáneo, traduciéndonos la singularidad de cada uno de los compositores programados. De Tôru Takemitsu “A Way A Lone, cuarteto de cuerda en un movimiento”, siendo Takemitsu uno de mis preferidos, no puedo decir mucho más: que a cada nueva escucha se instala como un clásico indiscutible. Karol Szymanowski no se ajusta demasiado a mi gusto, al menos en su “Cuarteto de cuerda nº 1 en do mayor, op. 37”, me pareció que se daban ciertos arreglos o matices de origen impreciso, algo orientales o folclóricos que se conformaban como algo añadido. “El cuarteto de cuerda nº 4, op. 22” de Paul Hindemith, sonó brillante, mostrando un gran compositor. Aunque “Primera Luz, cuarteto de cuerda nº 2” de Lera Auerbach eclipsó casi todo, mientras las cuerdas cortaban por primera vez el hielo, nunca tocaron los instrumentos tan solos en un cuarteto, como un deseo de la autora, la soledad de la cuerda recorrió un espacio vasto y desolado, el temblor-fragor de una montaña, una cadena montañosa, se dirigían paralelos, se acompañaban por momentos, pero su queja no podía ser compartida ni amortiguado el dolor.

En una Sala de Cámara al completo el Cuarteto de Tokio, tras varias ovaciones, interpretaron como agradecimiento una pequeña pieza de incalculable valor de Rhim.
 
Unos días más tarde, estuve presente en el concierto que el 6 de diciembre programó la 9ª edición del Festival “Sonikas” en el Centro Cultural Pilar Miró ubicado en Vallecas, era la primera vez que asistía a este Festival y temía perderme, me pierdo en casi cualquier sitio, pero el autobús, el 58, te deja a 5 metros de la puerta y el conductor del bus fue encantador. Llegué con tiempo de sobra y andábamos por allí unas 10 ó 15 personas. Lo cierto es que me sorprendió que a medida que se aproximaba la hora de los conciertos la Sala se llenó creo que por completo. Me agradó que el público fuese muy diverso, desde personas dispuestas a conocer nuevos planteamientos, a muy fans de este tipo de música experimental pasando por muchos jóvenes del barrio que acuden año tras año, en los que ha arraigado la afición y disponen de amplio conocimiento, demostrándose una vez más la importancia de la existencia y la buena gestión de un Centro Cultural de barrio o localidad, que como en este caso con pocos medios puede conseguir todo. No faltaron a mi alrededor algunos con bolsas rugientes y aperitivos crujientes que no entienden que éste no es el lugar, pero aún así prefiero su asistencia, confío que comprenderán con el tiempo.
 
En el primer concierto se programó la versión expandida de “Ubeboet” del artista sonoro Miguel Angel Tolosa, con el acompañamiento e interpretación del percusionista Ingar Zach y el artista visual Carlos Fernández. Esta interacción formó un solo cuerpo en constante permuta, en el que la pieza sonora convertida en profunda agua de río a la que iban cayendo pesadas e irregulares piedras, se concertaba con la percusión que tenía como base un tambor sobre el cual iban interviniendo múltiples acústicas, desde la más orgánica, a la más efímera, vibrátil, metálica y las imágenes húmedas macro-micro, restos oxidados de humanos, inaudibles-no descritos.
 
El segundo concierto estuvo a cargo de Asmus Tietchens que ha abarcado todo lo que puede comprenderse como música culta contemporánea desde la música de cámara a la experimentación sonora, digital... Se presentó elegante y contenido, vestido de negro, color sólo alterado por su cabello blanco, unas pequeñas gafas, el flexo cubierto de una lámina de plástico azul le sumía aún más en la oscuridad de la sala. Su música me resultó una traslación, un inagotable recorrido vadeado por la elegancia y la contención. Desee desde el inicio poder reproducir con palabras (otro instrumento) al igual que él a través del sonido: palabras de baja frecuencia-palabras de alta frecuencia, palabras silencio, cortar, recortar con tijeras frases largas o cortas, hipos, gritos, un bip. Pronunciar sin seguir ninguna regla de acentuación, grafías con electro distensión. Sentir que uno puede llegar donde esté dispuesto a dirigirse.
 
domingo, 01 de enero de 2012
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