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El perfecto wagneriano

Javier Extremera

Para los despistados que estos días anden como locos buscando regalos para reyes, Alianza Editorial vuelve a recuperar uno de los textos más lucidos y -a la vez- más divertidos que sobre el Ring wagneriano se hayan escrito nunca. “El perfecto wagneriano: Una introducción al Anillo” moldeado con fina pluma por George Bernard Shaw sintió por primera vez la tinta sobre el papel de la imprenta allá por 1898. Dublinés afincado en su Londres del alma, fue uno de esos garabateadotes de palabras -mitad crítico mitad literato- siempre involucrado con su tiempo y sus gentes. Socialista de esencia pura y andamiaje sólido -de esos que hoy tendríamos que buscar con microscopio- Shaw fue uno de esos locos maravillosos que fomentó desde sus primigenias chispas la llama del wagnerismo por media Europa. Escritor, cronista, filósofo, periodista, crítico, dramaturgo, miembro destacado de la Sociedad Fabiana y sobre todo curioso empedernido, este vegetariano nos legó el modélico ensayo con aroma a panfleto –fascinante y farragoso a partes iguales- donde vierte –con un finísimo sentido del humor- todas sus obsesiones políticas e intelectuales encima de la obra cumbre musical de todos los tiempos.

La notabilísima edición (con todos los prefacios) de Eduardo Valls Oyarzun con un denso estudio preliminar, es rica en notas explicativas y aclaraciones de traducción que nos ayudan a abrir más los ojos ante la monumentalidad de las líneas, regalándonos un profundo análisis histórico y social de la época en que fueron escritas. Concisa la breve historia del wagnerismo en Inglaterra y acertadísima la incorporación de textos afines al “Perfecto Wagneriano” ensamblados al grosor del libro como ring al dedo, como es el caso del apéndice dedicado al “Wagnerismo” extraído a su vez del ya premonitorio La Cordura en el Arte.
 
Para Shaw el wagnerismo es evolución y no revolución. Un “movimiento artístico progresista, inteligente, saludable y, por supuesto, lleno de cordura”, afirmando que el icono reverencial del Anillo fue fruto de la simiente plantada entre las barricadas callejeras del Dresde de 1848, donde Wagner se erigió en subliminal guía espiritual costándole por ello un homérico destierro de su querida patria Alemania. Parece imposible que el Ring se hubiera podido componer en la primera mitad del siglo. Los embrionarios movimientos revolucionarios que sacudieron la Europa del XIX será la que la empuje a salir al exterior con todo su esplendor artístico y filosófico.
 
Para este ganador del Oscar y del Premio Nóbel, la Tetralogía acaba cuando Siegfried despierta a Brünnhilde de su largo sueño al final de la segunda Jornada. Lo que sigue –afirma- es simplemente ópera. La Gesamtkunstwerk (obra de arte total) se esfuma para siempre, mientras algunos nos tiramos de los pelos al comprobar como todo Götterdämmerung es arrojado al cubo de basura. Para Shaw la figura de Siegfried representa fielmente a Mikhail Bakunin, aquel ruso libertario que sentó las bases del anarquismo luego devorado en la práctica por Marx, Engels y la locomotora de la revolución soviética. La alegoría del Capitalismo en la Tetralogía surge ya desde las primeras frases, por tanto la tensión revolucionaria se masca también desde el principio del manifiesto wagneriano. Das Rheingold es comparado con la fiebre del oro que sacudió Klondyke, en la frontera con Alaska en 1895, cuando se encontraron entre sus afluentes varios filones. Los ambiciosos y codiciosos una vez adquirido el metal ejercerán sin limites sus poderes plutónicos cual Alberich, que terminará imponiendo el capitalismo en su fábrica-Nibelheim esclavizando a sus trabajadores-enanos que vivirán miserablemente con el único fin de producir más riqueza para su señor-empresario. Para Shaw el robo del oro es el germen que produce la figura del Capitalismo. ¿A cuántos Alberich padecemos hoy día? Hay muchos Fafner en este mundo que “sacrifican sus vidas pisoteando a los semejantes con el único propósito de obtener unas riquezas a las que no saben ni darle uso y de las que acabarán convirtiéndose en esclavos miserables”. Cuando uno sabe que estas palabras fueron escritas antes de acabar el siglo XIX le atraviesa un escalofrío por el cuerpo. ¿Alguien cree que hoy perdieron vigencia? Como decía el propio Wagner, “donde acaba la vida, comienza el arte”.
 
“No puedo decir que poseo mucha experiencia de la verdadera pobreza; al contrario. Antes de que pudiera ganar nada con mi pluma disponía de una magnífica biblioteca en “Bloomsbury” y de otra en “Hampton Court”; sin criados que cuidar ni sostener. En cuanto a la música, más tarde me pagaban porque me saturase con la mejor que se producía de Londres a Bayreuth. ¿Amigos? Gracias a Dios, la lista de mis visitantes siempre ha sido inestimable. ¿Qué podía haber adquirido con más dinero del necesario para vestirme y alimentarme? ¿Cigarros? No fumo. ¿Champagne? No bebo alcohol. ¿Treinta trajes de última moda? No, porque me invitarían a cenar la gente de la que yo más he rehuido. ¿Caballos? Son peligrosos. ¿Coches? Son sedentarios y fatigosos. Además, tengo imaginación. Desde que guardo memoria sólo he necesitado ir a la cama y cerrar los ojos para ser y hacer lo que más me agradase”.
 
George Bernard Shaw (1856-1950)
domingo, 01 de enero de 2012
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